Marzo 2005: Un cuento que no dan por televisión. Tsunami “imagen-ario”

         Érase una vez dos pescadores del centro de Chile, que en plena faena milenaria al borde de las tranquilas aguas del Pacífico vieron o creyeron ver reflejos extraños sobre e! mar. Era de noche. La luna permitía ver o mal ver lo que a algunos metros sucedía: el océano, por lo menos en una cierta porción, se había retirado, así es que el reflejo lunar dejaba observar arena luminosa en esa aún tranquila noche sin vientos.

Gracias a que esta historia aconteció en épocas en que el planeta era dominado y controlado por los raramente llamados "medios de comunicación", es que usted puede saber lo que ocurrió por estas líneas, y las ya miles escritas y pronunciadas acerca de este cuento. Pero desgraciadamente, por haber transcurrido en esta era, la observación no quedó en la estampida inmediata de los dos trabajadores de mar, el susto de sus corazones y las risotadas por el espejismo causado en la oscura labor en medio de la inmensidad.

A casi cinco mil kilómetros de allí, miles de personas no tuvieron aviso para olas gigantes que los aplastaron y ahogaron. Un terremoto -de esos que remecen la Tierra desde su formación- llevó las ondas giratorias a través del mar, arrasando con todo a su paso. Tragedia que las comunicaciones inmediatas y oportunas llevaron a todo el planeta, no sólo con la espeluznante información, sino con las persistentes y sádicas imágenes de cómo el agua arrasaba con todo, ahogaba a los niños, trituraba los trenes sin que nada ni nadie la pudiese detener.

La televisión y las fotografías llevaron a plenitud su efecto emocional en cada uno de los seres terrestres que aman la imagen -quieta o en movimiento- para comprender el mundo, ese suelo que por rocas espaciales u olas gigantes siempre nos quieren destruir. Cada imagen entró directamente a las cabezas cada vez menos pensantes de los seres humanos, a través de los aparatos dictatoriales de los pensadores de un globo global.

Aquellos que crean los fuegos artificiales, sean del norte o del sur, ni siquiera tienen los medios para controlar o intentar dominar los efectos irracionales de la televisión. En cambio, miles de no pescadores usan fielmente aparatos de comunicación, que por ondas espaciales escuchan al otro lado su voz. Los celulares hicieron el resto de la tarea, avanzando más rápido que cualquier ola destructiva que pudiese aparecer.

A pesar de ser Chile tierra de olas y de movimientos terrestres, los seres pequeños no pudieron detener el pánico. No había ni cartas, ni mapas y ni un solo jefe que coordinara el desorden, y contrastara las imágenes con información real.

Ese sistema no servía para llevar cordura y razón a las casas de los no pescadores. ¿No había nadie que tomara el micrófono e informara que las imágenes verídicas permitían apreciar que el mar estaba calmo? No, pues no había esas fotos, ni captadores telúricos que pudieran llevar información, e incluso los datos recabados para saber qué zonas se van a inundar estaban bajo llave, porque si lo saben los no pescadores se podría generar un pánico incontrolable. Qué sensatos...

El caso es que ni el intendente ni el jefe de las emergencias salieron al paso de la ola imaginaria. Quizás estaban en casa contando las horas suficientes para informar que la ola ya no podía aparecer. Pues ese conocimiento que tienen -y que bien guardan- les dice que después de tres horas de recogido el mar, de haber maremoto, las olas ya hubiesen llegado. Así es que ahí salieron, maduros, llamando a la tranquilidad. Pero no hay sistema para conocer los efectos posibles de un terremoto, ni menos folletos que indiquen a dónde ir si es que el encargado da la orden para, tranquilamente, ir a buscar refugio.

Hoy, algunos preguntan dónde estarán aquellos dos pescadores que un día mostraron cómo funciona esto de la comunicación, a través de aparatos que dominan, con imágenes, y que ni los coordinadores saben controlar. Por ignorancia, otras prioridades o simple paternalismo, sólo quedaron de brazos cruzados prometiendo para mañana un mejor despertar.

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