Agosto 2010: En el mar de Bío Bío viven bacterias gigantes del Precámbrico

 Son la base de la cadena alimenticia marina.

El científico de la Universidad de Concepción Víctor Gallardo es parte fundamental de una investigación que está catastrando esta especie marina descubierta recién en 1962 y todas las que viven en los océanos. La bacteria Thioploca habita en las profundidades sin oxígeno y cumple el rol biológico de transformar materia orgánica en elementos necesarios para la vida.


En las profundidades marinas de las costas de la Región del Bío Bío, especialmente frente a Arauco, existen bacterias gigantes casi tan antiguas como la vida en la Tierra y que son la base de la cadena alimenticia, anterior al fitoplancton, según se creía con anterioridad.

Así lo consigna una investigación mundial denominada Censo de la Vida Marina, uno de cuyos líderes es el profesor Víctor Gallardo, de la Universidad de Concepción, quien participó en una conferencia científica en Río de Janeiro, en 1996, donde se determinó la necesidad de conocer la biodiversidad marina. Ello porque los trabajos de ese tipo se habían enfocado principalmente en la vida terrestre. Es así como se definió en 2001 la necesidad de realizar un proyecto que catastrara y conociera la vida marina pasada, presente y futura, pues también considera estudios proyectivos y de análisis de fósiles marinos.

Fue en el marco de esta investigación que los equipos trabajaron durante casi 10 años para descubrir la presencia de bacterias de tamaño considerablemente mayor al normal, es decir, al que se conocía hasta el siglo pasado. Porque mientras las conocidas apenas pueden verse con el ojo humano, éstas medían algunos centímetros, incluso hasta 7 cm. Sin embargo, las descubrieron en muchos lugares como frente a Bío Bío, pero ya había sido conocida en 1962, sólo en el norte de Chile.

El gran tamaño de la, desde entonces, Thioploca se debe a que sus células poseen estanques que se llenan de nitrato del agua más superficial, la que sube a menores metros de profundidad para adquirir este elemento, para luego regresar a zonas abisales o de hasta centenares de metros donde casi no existe oxígeno. Ese mundo submarino, oscuro, sin oxígeno y lleno de nutrientes que caen al suelo desde los organismos que mueren, es el hogar de estas bacterias gigantes.

Fue uno de los mayores descubrimientos de este censo biológico que incluyó desde microbios hasta cetáceos, desde las costas a las mayores profundidades y desde la Antártica hasta el Ártico. La idea es saber los cambios que está produciendo el ser humano en la vida marina, de allí la relevancia de que el mapa marino sea amplio en extensión territorial como también en el tiempo. Eso requiere la labor permanente de unos 2 mil científicos del mundo de 300 instituciones de 80 países. Ese es el equipo de trabajo que posee un Comité Directivo Internacional del Censo de la Vida Marina, uno de cuyos vicepresidentes es el profesor Gallardo, desde 2003.

¿Y cuál es la importancia de estas bacterias gigantes, que tienen una antigüedad de 3 mil 500 millones de años, casi tanto como la vida en la Tierra, que es de un poco más de 4 mil millones? Uno de los descubrimientos fundamentales es que estas bacterias son la base de la cadena alimenticia, pues están antes del fitoplancton que comen los pequeños peces, gusanos, langostinos, caracoles. Ello porque estas bacterias producen el fitoplancton.

Claro, porque la Thioploca no viven en el fondo oceánico sin oxígeno porque sí, sino porque es del lugar al que llegan los nutrientes de la vida ya terminada y los que son reciclados por estas bacterias mediante la transformación de sus elementos químicos como el nitrógeno, el azufre y el carbono, produciendo otros necesarios para la vida; en una función muy similar a las plantas y árboles que transforman los elementos “tóxicos” para la vida en oxígeno.

Por ello, estas habitantes que están en gran cantidad en las costas de Bío Bío y hasta El Callao, en Perú, cumplen un rol ecológico primordial para la vida, de allí su existencia tan antigua y que, probablemente, continuará por mucho tiempo más. Tal cantidad hay que, antes de su descubrimiento, se había comprobado que otras bacterias tenían una presencia de algunos milígramos por metro cuadrado, en cambio las gigantes están en razón de un kilo de bacterias por metro cuadrado. Lo que haría un total de 10 millones de toneladas de estas bacterias en esta zona. Sin considerar otros lugares en que debiera estar la Thioploca, que reúnen características similares a las profundidades de la zona costera Este del Océano Pacifico.

A partir de la investigación en terreno o por la extrapolación de condiciones de vida se sabe o supone que existen estas bacterias en unos 100 lugares más, como en los manglares de Ecuador, Costa Rica, Panamá, Vietnam, en estuarios como el de Lenga, en sitios con pastos marinos, en océanos con escaso oxígeno como el Mar Negro y el Mar Muerto –que ahora más que nunca se sabría que no está muerto-; en desembocaduras de algunos ríos como el Mississippi, en los fiordos del sur de Chile. Es decir todo un mapa en el que se trabaja y que debiera estar terminado en octubre, incluyendo una publicación que describa y explique este mapa biológico mundial.


Ya se ha descubierto dos usos más contingentes, por decirlo así, de la existencia de las bacterias gigantes.

El primero se trata de la trascendencia para la vida marina de que existan estos seres que forman la base de la cadena alimenticia. Pues no sólo el fitoplancton y las aguas frías explicarían entonces la gran cantidad de peces en las costas de Chile y Perú, sino fundamentalmente la vida de la Thioploca. Entre ambos países obtienen el 15% de toda la pesca mundial.

Y el otro factor, quizás más importante, es que la presencia de estas bacterias en zonas donde no existían, demuestra el exceso de materiales nutrientes aportados por las actividades humanas, es decir, de la contaminación. Por ejemplo, se ha encontrado estas bacterias bajo las jaulas de la producción de salmones en el sur chileno, lo que indica una contaminación que afecta a toda la vida marina, incluyendo a los propios salmones. Esta falta de oxígeno significa la muerte de áreas para la vida marina. 


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