Marzo 2018: Científica no tradicional y de exportación
Dra. Camila Fernández, biogeoquímica creadora de laboratorio chileno – francés “Morfun”
Nunca sufrió muchas discriminaciones por ser mujer ni científica. A pesar de su ya larga y compleja trayectoria, no fueron los hombres ni el sistema patriarcal el que le opuso los mayores desafíos. Y ello se debió a dos cualidades o condiciones: la educación familiar y la búsqueda permanente por hacer lo inédito; las que le permitieron que esas cortapisas fueran enfrentadas y resueltas de otra manera.
Se trata de Camila Fernández Ibáñez, doctora en ciencias marinas y biogeoquímica, creadora del Laboratorio Internacional Asociado “Morfun”, pionera institución chileno-francesa de investigación oceanográfica, que ha desarrollado inéditas líneas de investigación reuniendo investigadores y formando capital humano desde hace 8 años. Su sigla significa Marine BiOgeochemistRy and FUNctional Ecology.
Su oficina universitaria chilena está en el Departamento de Oceanografía de la Universidad de Concepción, la que, reconoce entre sonrisas, es una especie de anexo de la Embajada de Francia en Chile por el continuo paso de estudiantes que van a especializarse al país galo, uno de los líderes en ciencia y universidad. Allí relata cómo ha llegado a desarrollar tan importante labor y a ser excepción dentro del aún machista mundo de la ciencia.
“Ninguna de las cosas que he hecho son convencionales ni he tenido mucha oposición para realizarlas. Esta forma no tradicional de hacer las cosas ha requerido, eso sí, esfuerzos titánicos, con un recorrido a contracorriente. Siempre he pensado que ha sido una suerte las oportunidades que tuve, comparativamente con las dificultades que han tenido colegas en inequidad de género, por ejemplo”, explica la profesora visitante de la Universidad de Concepción.
-¿Por qué ha tenido suerte?
“Tuve suerte porque obtuve una buena educación formal y formación en la casa, donde apoyaban mis iniciativas; que aunque era una familia tradicional, a las mujeres también se les apoyó en sus proyectos. Ello porque la dinámica familiar se basa en que mi madre era y es la reina de la casa. Y tuve el ejemplo de muchas tías y de mi hermana mayor que se fueron a vivir y estudiar al extranjero.
“Vengo de una larga línea de mujeres que siempre han hecho lo que han querido, en la vanguardia de sus mundos; mujeres con carácter, como se dice. Han sido ejemplo de mujeres que han buscado su propio camino, independiente de los cánones; por lo que tuve siempre en mente tener una carrera no tradicional.
“Y luego está el empecinamiento personal de hacer las cosas distintas, ya que nunca he hecho algo de forma convencional en mi carrera e, incluso, en mi vida personal. Creo que eso es valioso para toda mujer. Nadie debiera conformarse con hacer lo que le dicen que es bueno que haga. Por ejemplo, seguir las carreras feminizadas como enfermería, dentista, periodista, bioquímica, farmacia, que eran casi lógicas para una mujer cuando tuve que elegir mi carrera”.
-¿Cuándo decidió seguir su carrera de científica e investigadora?, en un tema además también novedoso, como es la biogeoquímica.
“Nunca fui muy buena en ciencias, más por divergencia personal, por curiosidad en otras cosas, que por problemas de aprendizaje; así que nunca pensé en ser científica hasta que me enfrenté a elegir una carrera. En mi gira de estudios a Europa me di cuenta de que quería conocer el mundo de verdad y hacer algo diferente, una vida de vivencias extraordinarias”.
Tras el impulso paterno de que “le diera una oportunidad a la biología marina”, se embarcó en esa carrera, literalmente. Tras terminar su pregrado se fue a Francia dos veces para hacer su magíster y luego el doctorado, ambos en la Université de la Mediterranée. No fue fácil conseguir becas para las aún no tan importantes ciencias del mar, según los criterios institucionales de los años 90.
“Fue un período precioso. Mi tesis doctoral era hacer estudios en una disciplina desconocida como la biogeoquímica y embarcarme seis meses de corrido en el Atlántico siguiendo remolinos y aguas polares. Y no había muchas mujeres a cargo de laboratorios realizando esa labor. Eso quise hacer”, recuerda destacando su insistencia en optar por lo diferente.
“Tras mi postdoctorado en Chile, fui contratada por el Centro Nacional de Investigación Científica francés –equivalente al Conicyt chileno-, tras lo cual insté en ambos países la posibilidad de hacer un laboratorio franco-chileno, pues creí que estaban todas las condiciones para ello. Al ser creado en 2011, fue el primer laboratorio internacional en regiones dentro de Chile y el primero en oceanografía en América Latina. Se hizo una alianza estratégica entre el observatorio francés y Oceanografía de la UdeC y la Universidad Austral. Y comenzamos a hacer investigación conjunta en el Laboratorio MORFUN, a idear proyectos, participar en campañas mutuas y a formar estudiantes en pregrado, magíster, doctorados y post doc; lo que es para nosotros muy importante”, concluye en un rápido resumen que esconde los años, esfuerzos, burocracias y trabas a la innovación y la realización permanentes que afloran en su carrera.
-¿Por qué considera relevante haberse dedicado a la biogeoquímica?
“En los años 90 se comenzaron a dar cuenta de que las disciplinas oceanográficas podían llegar a cierto punto por sí solas, para explicar el ambiente o las respuestas del oceáno al cambio climático. Desde allí tuvieron mayor relevancia los estudios multidisciplinarios, siendo la biogeoquímica la que explica el contexto químico de procesos biológicos que son gobernados por la física. Por ejemplo, la fotosíntesis la hacen en el mar microalgas y algas que absorben energía solar para producir oxígeno y consumir dióxido de carbono. Pero se traduce en reacciones químicas para la degradación de la materia orgánica que ellos producen, lo que tiene a su vez implicancias climáticas porque produce CO2; y el cómo se mueve, se calienta, se traslada o ventila el océano define la capacidad de estos organismos para absorver el CO2 de la atmósfera. Entonces nace este híbrido, debido principalmente por limitancias metodológicas de las disciplinas”.
¿Cómo surge el laboratorio chileno-francés?
“Empezamos a trabajar en 2009 con el envío, desde Francia, de equipamiento científico para Chile después del terremoto de 2010, lo que marcó la sinergia del laboratorio, su pertinencia y su camaradería incluso. Nos dedicamos a formar mucho capital humano, constantemente.
“Estamos presentes en casi todos los centros de excelencia de Concepción y Valdivia, como el Centro Ideal de Investigación Antártica y Subantártica; en el Centro Copas Sur Austral en la patagonia; en el Centro Fondap Incar de Acuicultura Sustentable. Y creo que en 8 años hemos desarrollado una forma de hacer ciencia que ha marcado un poco a cada institución participante.
¿Cuáles son las áreas de mayor desarrollo del Laboratorio?
“Nuestro instituto en Francia es muy fuerte en algunas disciplinas como biología molecular, biogeoquímica, ecología bentónica, con un foco oceanográfico interdiciplinario que no tiene parangón, a excepción de institutos de excelencia de Alemania y Estados Unidos. En tanto, Chile es un foco oceanográfico de nivel internacional. No hay otro ejemplo de un desarrollo tan sostenido en ciencia en Chile como en el área oceanográfica. Por lo que la complementariedad es clara dentro de MORFUN.
“Como laboratorio hemos realizado varias investigaciones, desde cómo se genera y destruye la materia orgánica; aunque nuestros intereses van por todo el espectro, como las comunidades microbianas que salen de los fiordos o las endémicas.
“Yo he estado trabajando en la parte acuícola, no en lo productivo sino respecto de los efectos de los contaminantes o compuestos que usa la industria acuícola. Y más que para ver a quién le es tóxico tal o cual compuesto, para ver a quién le sirve; viendo cómo lo que no te mata te hace más fuerte.
“Y aquí hemos visto que algunos compuestos son beneficiosos para ciertas comunidades, pues pueden fijar más carbono; pero eso no quiere decir que sea beneficioso para los ecosistemas, porque pasamos de una cadena trófica tradicional a una gobernada por algunos. Para los que realizan fotosíntesis no es bueno, pero para los que no lo hacen no es tan malo. Entonces hay un campo abierto aún por saber cuál es el efecto de los pesticidas en el agua, especialmente respecto de microbios y bacterias que son muy abundantes en el agua marina.
“Y hoy le estamos proponiendo un nuevo proyecto mucho más ambicioso al Centro Nacional de Investigación Científica francés. Estamos en nuestro último año en el Morfun, por lo que luego de 8 años de cooperacion franco-chilena estamos preparando un nuevo laboratorio internacional, esta vez enfocado en la adaptacion de los organismos marinos ante los cambios ambientales (contaminacion, cambio global, etcétera). Para ello hemos expandido nuestra red de colaboradores e invitamos a colegas de ciencias biológicas, farmacia, zoólogos, microbiólogos y oceanógrafos. Abordaremos el tema desde una perspetiva integrativa, yendo desde la adaptacion, como fenómeno a nivel celular, hasta la escala del ecosistema. Nuestro proyecto se titula Multiscale Adaptative Strateges Laboratory (MAST) y esta siendo evaluado por el CNRS. De ser aceptado podriamos empezar a funcionar en 2019”.
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